Desde los tiempos de Soft Cell, Marc Almond ha mostrado querencia por las canciones, y en este disco, no iba a ser menos. De hecho, todas las canciones que conforman este “Stardom Road” (que viene a traducirse como “la carretera hacia el estrellato”) son versiones. Pero probablemente, una de las versiones más logradas y emotivas es la que abre el disco: un “I have lived” (cortesía de Aznavour) que es toda una declaración de principios: sí, he vivido, y no me arrepiento de nada de lo que he hecho (inevitable pensar en “My Way”). Después del accidente de moto que a punto estuve de costarle la vida hace unos tres años, esta canción cobra una siniestra vigencia y resultan más que creíble la sinceridad y el desgarro con que la interpreta.
Sarah Cracknell de St. Etienne participa con Almond en un “I close my eyes (and count to ten)” que retrotrae al “swinging London” en uno de los momentos más inspirados del disco. De hecho, la voz de Sarah Cracknell, entre tanta nostalgia y arreglo orquestal, bien podría ser la voz de una Lulu o una Sandie Shaw. Desde el momento, y a través de las canciones, Almond va desgranando cada momento que le ha llevado hasta donde está ahora. Con “I have lived“ echa la vista atrás, con “I close my eyes” nos habla de sus sueños”; en “Bedsitter images” nos habla de ensoñaciones en la soledad de un cuarto que, el propio Almond confiesa, era un cuchitril que a él le parecía un palacio.
“The London Boys”, la versión de que hace de Bowie, la elige Almond porque, en sus palabras, “daba sentido y claridad a cómo se sentía” cuando acababa de llegar a Londres. Sin embargo, no termina de funcionar y suena a canción de musical, como tampoco termina de funcionar ese “Strangers in the night”, pese al esfuerzo y la emotividad sincera con que Almond la canta. A lo mejor es que es uno de esos clásicos intocables, a lo mejor es que ha sobrado ese “riff” de guitarra a lo Brian May... Pero algo no termina de cuajar. Y “The ballad of the sound young men” es perfecta hasta que Antony Hegarty la estropea con su ubicua y afectada presencia.
A partir de “Stardom road” el disco vuelve a ganar en intensidad, sinceridad y credibilidad. La canción que da título al disco sirve para ilustrar las dudas y críticas que se reciben cuando ya se está arriba. “Kitsch”, además de toda una declaración de principios (Almond dice que con ella quiere rendir homenaje a la “mediocridad” y a las situaciones, a menudo extrañas, que ha tenido que afrontar para promocionar su trabajo): y lo que empieza como una canción pop y grandilocuente de los 60, termina como un homenaje al glam rock. “Dream Lover”, “Happy Heart” (con su big band detrás) y “Backstage (I’m lonely)” suenan retros y modernas a la vez (sobre todo “Dream Lover” que imita el sonido de una canción escuchada en un viejo tocadiscos).
En general, se trata de un disco retro y moderno a la vez, una de esas obras que bien podría haberse grabado ahora o hace 50 años, que incluso las generaciones futuras no serán capaces de ubicar. Pero la grandeza de este disco (además de las maravillosas versiones que hace de algunos clásicos del pop) es el carácter confesional y nada mitificador de todas y cada una de las canciones, elegidas cuidadosamente y presentadas en forma de moderna opereta. No en vano, el disco termina con un “The Curtain Falls” que no deja lugar a dudas: hemos asistido a una gran (y teatral) función.